* La novedad en cualquier asunto que sea, mucho más en la inteligencia y exposición de la Escritura Santa, debe mirarse siempre con recelo, y no admitirse ni tolerarse con ligereza: mas de aquí no se sigue que deba luego al punto desecharse como peligro, ni reprobarse ligeramente por sólo el título de novedad. Esto sería cerrar del todo la puerta a la verdad, y renunciar para siempre a la esperanza de entender la Escritura Divina... en la misma Escritura hay todavía infinitas cosas oscuras y difíciles que no se entienden, especialmente lo que es profecía... Ahora digo yo: estas cosas que hasta ahora no se entienden en la Escritura Santa, deben entenderse alguna vez, o a lo menos proponerse su verdadera inteligencia; pues no es creíble, antes repugna a la infinita santidad de Dios, que las mandase escribir inútilmente por sus siervos los profetas. Si alguna vez se han de entender, o se ha de proponer su verdadera inteligencia, será preciso esperar este tiempo, que hasta ahora ciertamente no ha llegado. Por consiguiente será preciso esperar sobre esto en algún tiempo alguna novedad. Mas si esta novedad halla siempre en todos tiempos cerradas absolutamente todas las puertas, si siempre se ha de recibir y mirar como peligro, si siempre se ha de reprobar por solo el título de novedad, ¿qué esperanza puede quedarnos?
* Se confunde demasiado lo que es de fe y creencia divina de toda la Iglesia católica, con lo que es de fe y creencia puramente humana o mera opinión.
* Una opinión por común y universal que sea, puede muy bien ser en la Iglesia una buena fe, sin dejar por eso de ser una fe puramente humana.
* Ahora, estando las cosas de que hablamos en este estado de opiniones o de oscuridad, sin saberse de cierto dónde está la verdad, ¿quién prohibe ni nos puede prohibir en una causa tan interesante, buscar diligentemente esta verdad?
* Todo lo que tengo que deciros se reduce al examen serio y formal de un solo punto, que en la constitución o sistema presente de la Iglesia y del mundo, me parece de un sumo interés. Es a saber: si las ideas que tenemos de la segunda venida del Mesías, artículo esencial y fundamental de nuestra religión, son ideas verdaderas y justas, sacadas fielmente de la Divina Revelación, o no.
* No se puede negar que muchas cosas se leen en la Escritura, que tomadas, según la letra, y aun estudiando prolijamente todo su contexto, no se entienden. Pero ¿qué mucho que no se entiendan? ¿Os parece preciso y de absoluta necesidad, que todo se entienda y en todos tiempos? Si bien lo miráis, esta ignorancia, o esta falta de inteligencia en muchas cosas de la Escritura, máximamente en lo que es profecía, sucede por una de dos causas o porque todavía no ha llegado su tiempo, o porque no se acomodan bien, antes se oponen manifiestamente a aquel sistema, o a aquellas ideas que ya habíamos adoptado como buenas. Si para muchas no ha llegado el tiempo de entenderse, ni ser útil la inteligencia, ¿cómo las pensamos entender? ¿Cómo hemos de entender aquello de la sabiduría infinita que Dios quiso dejarnos revelado, sí, pero ocultísimo debajo de oscuras metáforas, para que no se entendiese fuera de su tiempo? La inteligencia de estas cosas, no depende, señor mío, de nuestro ingenio, de nuestro estudio, ni de la santidad de nuestra vida; depende solamente de que Dios quiera darnos la llave, de que quiera darnos el espíritu de inteligencia. Porque si el gran Señor quisiere, le llenará de espíritu de inteligencia, y Dios no acostumbra dar sino a su tiempo; mucho menos aquellas cosas que fuera de su tiempo pudieran hacer más daño que provecho. Los antiguos es innegable, que no entendieron muchas cosas que ahora entendemos nosotros, y los venideros entenderán muchas otras, que nos parecen ahora ininteligibles; porque al fin no se escribieron sino para algún fin determinado, y este fin no pudiera conseguirse, si siempre quedasen ocultas. Ocultas estaban, y lo hubieran estado toda la eternidad sin escribirse, ni habría para que usar esta diligencia inútil e indigna de Dios. Segundo tema:
SU DEFENSA EN FAVOR DE LOS MILENARIOS
* Con esto se empezó a renovar en mí cierta sospecha, que siempre había desechado, como poco fundada, mas que por entonces me pareció justa. Ésta era que los intérpretes de las Escrituras, lo mismo digo a proporción de los teólogos y demás escritores eclesiásticos, teniendo la mente repartida en una infinidad de cosas diferentes, no podían tratarlas todas y cada una, con aquella madurez y formalidad que tal vez pide alguna de ellas. Por consiguiente podía muy bien suceder, que en el grave y vastísimo asunto de Milenarios no fuese error ni fábula todo lo que se honra con este nombre, sino que estuviesen mezcladas muchas verdades de suma importancia con errores claros y groseros.
* ¿La Iglesia ha decidido ya este punto? ¿Ha condenado a los Milenarios? ¿Ha hablado sobre este asunto alguna palabra? Esta noticia, que no hallamos en autores graven y de primera clase, por ejemplo, en los citados poco ha, la hallamos no obstante en otros de clase inferior, los cuales por el mismo caso que son de clase inferior, ya por su precio intrínseco, ya por su poco volumen, andan en manos de todos, y pueden ocasionar un verdadero escándalo. Entre estos autores, unos citan un concilio y otros otro. Los más nos remitan al concilio romano, celebrado en tiempo de San Dámaso. Empecemos aquí.
* San Dámaso celebró en Roma, no uno solo, sino cuatro concilios. ¿En cuál de ellos se decidió el punto de que hablamos? Las actas de estos concilios, en especial de los tres primeros, las tenemos hasta ahora, y se pueden ver en Labbé, en Dumesnil, en Fleuri, etc. El primer concilio de San Dámaso fue el año de 370, y en él se condenó a Ursacio, y a Valente, ostinados y peligrosísimos Arrianos. El segundo fue el año de 372, y en él fue depuesto Auxencio de Milán, antecesor de San Ambrosio, y se decidió le consustancialidad del Espíritu Santo. El tercero fue el año de 375, y en él se condenó a Apolinar y Timoteo, su discípulo, no por Milenarios, que de esto no se habla una sola palabra, sino porque enseñaban, que Jesucristo no había tenido entendimiento humano, o alma racional humana; sino que la divinidad había suplido la falta del alma. Ítem: porque enseñaban, que el cuerpo de Cristo era del cielo; y por consiguiente de naturaleza diversa de la nuestra, que después de la resurrección este cuerpo se había disipado, quedando Jesucristo hombre en apariencia, no en realidad. El cuarto concilio fue el año de 382, de cuyas actas no consta absolutamente, como dice Dumesnil, y lo mismo Fleuri. Parece que el asunto principal de este concilio fue decidir quién era el verdadero obispo de Antioquía, si Flaviano o Paulino, y así se ve que el Concilio dirigió su letra sinodal a Paulino, a cuya defensa, parece verosímil que viniese a Roma San Jerónimo, que era presbítero suyo, como ciertamente vino con San Epifanio, y se hospedaron ambos en casa de Santa Paula.
* Supuestas estas noticias que se hallan en la historia eclesiástica, preguntad ahora a aquellos autores de que empezamos a hablar, ¿de dónde sacaron que en el concilio romano de San Dámaso se decidió el punto general de los Milenarios? Y veréis como no os responden otra cosa, sino que así lo hallaron en otros autores, y éstos en otros, los cuales tal vez lo sacaron finalmente de los anales del cardenal Baronio hacia el año 375. Mas este sabio cardenal, ¿de dónde lo sacó? Si lo sacó de algún archivo fidedigno, ¿por qué no lo dice claramente? ¿Por qué no lo asegura de cierto, sino solo como quien sospecha o supone que así sería? Este modo de hablar es cuando menos muy sospechoso.
* La verdad es que la noticia es evidentemente falsa por todos sus aspectos. Lo primero porque no hay instrumento alguno que la compruebe; y una cosa de hecho, y de tanta gravedad, no puede fundarse de modo alguno sobre una sospecha arbitraria, o sobre un puede ser.
* Una cosa me parece muy mal, generalmente hablando, en los que impugnan a los Milenarios: es a saber, que habiendo impugnado a algunos de estos, y convencido de error en las cosas particulares que añadieron de sayo, o ajenas de la Escritura, o claramente contra la Escritura, queden con solo esto como dueños del campo, y pretendan luego, o directa o indirectamente, combatir y destruir enteramente la sustancia del reino milenario, que está tan claro y expreso en la Escritura misma. La pretensión es ciertamente singular. No obstante, se les puede hacer esta pregunta. ¿Estas cosas particulares, que con tanta razón impugnan, y convencen de fábula y error, las dijeron acaso todos los Milenarios? Y aun permitido por un momento que todos las dijesen, ¿son acaso inseparables de la sustancia del reino de que habla la Escritura? Este examen serio y formal, me parece que debía preceder a la impugnación, para poder seguramente arrancar la cizaña sin perjuicio del trigo; mas las impugnaciones mismas, aun las más difusas, muestran claramente todo lo contrario.
* Tres clases de Milenarios debemos distinguir, dando a cada uno lo que es propio suyo, sin lo cual parece imposible, no digo entender la Escritura Divina, pero ni aun mirarla: porque estas tres clases, juntas y mezcladas entre sí, como se hallan comúnmente en las impugnaciones, forman aquel velo denso y oscuro que la tiene cubierta e inaccesible. En la primera clase entran los herejes...
* En la segunda clase entran, en primer lugar, los doctores judíos o Rabinos, con todas aquellas ideas miserables, y funestas para toda la nación, que han tenido y tienen todavía de su Mesías, a quien miran y esperan como un gran conquistador, como otro Alejandro, sujetando a su dominación con las armas en las manos, todos los pueblos y naciones del orbe, y obligando a todos sus individuos a la observancia de la ley de Moisés...
* Nos queda la tercera clase de Milenarios, en que entran los católicos y píos, y entre estos, aquellos santos que quedan citados, y otros muchos de quienes apenas nos ha quedado noticia en general: pues muchos varones eclesiásticos y mártires son del mismo sentir.
* Lo que acabo de decir aquí de éste, lo podéis extender sin temor alguno a todos cuantos han escrito contra los Milenarios. Yo a lo menos, ninguno hallo que no siga, o en todo o en gran parte esta misma conducta. Todos se proponen el fin general de impugnar, destruir y aniquilar un error; mas antes de descargar el gran golpe, distinguen unos Milenarios de otros: los herejes torpes, de los judaizantes, éstos y aquellos, de los inocuos. ¿Para qué? ¿Para condenar a los unos y absolver a los otros? Parece que no, porque al fin el gran golpe cae sobre todos. Todos deben quedar oprimidos bajo la sentencia general, y la cualidad de inocuos solo puede servirles para tener el triste consuelo de morir inocentes.
* Después de la venida del Señor, que esperamos en gloria y majestad, habrá todavía un grande espacio de tiempo, esto es, mil años, o indeterminados, o determinados, hasta la resurrección y juicio universal.
* Los intérpretes del Apocalipsis (lo mismo digo de todos los que han impugnado a los Milenarios) para facilitar de algún modo la explicación de una empresa tan ardua, se preparan prudentemente con dos diligencias, sin las cuales todo estaba perdido. La primera es negar resueltamente que en el capítulo XIX se habla de la venida del Señor en gloria y majestad, que esperamos todos los cristianos. Esta diligencia, aunque bien importante, como después veremos, no basta por sí sola, así es menester pasar a la segunda, que es la principal, para poder fundar sobre ella toda la explicación. Esta segunda diligencia consiste en separar prácticamente el capítulo XX, no solo del capítulo XIX, sino de todos los demás, considerándolo como una pieza aparte, o como una isla, que aunque vecina a otras tierras, nada comunica con ellas. Si estas dos suposiciones (que así lo parecen pues no se prueban) se admiten como ciertas, o se dejasen pasar como tolerables, no hay duda que la dificultad no sería tan grave, ni tan difícil alguna solución. Mas si se lee el texto sagrado seguidamente con todo su contexto, ¿será posible admitir ni aun sufrir semejantes suposiciones?
Tercer tema:
SU SORPRENDENTE VISIÓN DE LA BESTIA, EL ANTICRISTO
* Tengo propuesto un nuevo Anticristo. Si éste es el verdadero, o no, yo no decido. Este juicio toca al juez, no a la parte. Así, no lo propongo como una aserción, sino como una mera consulta, sujetando de buena fe todo este Anticristo con todas las piezas de que se compone, no solamente al juicio de la Iglesia, que esto se debe suponer, sino también al juicio particular de los sabios que quisieren tomar el trabajo, no inútil, de examinarlo, de corregirlo, de ilustrarlo, de perfeccionarlo, y si les parece, también de impugnarlo.
* Pues este hombre de pecado, este hijo de perdición, este cuerpo moral, cuerpo de pecado cargado de ellos, cuando se vea crecido, y en perfecta madurez; cuando ya no tenga impedimento alguno para salir al público; cuando ciertos cuernos, que le han de nacer, hayan crecido hasta la perfección; cuando en fin haya ganado y puesto de su parte una bestia terrible de dos cuernos con todo su talento de hacer milagros, etc. entonces este hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone, y se levanta sobre todo lo que se llama Dios, se sentará en la Iglesia de Cristo, que es el templo del verdadero Dios, y vosotros sois el templo de Dios. Entonces mandará en este templo, y se hará obedecer, ya con el terror y fuerza de sus cuernos, ya también con los cuernos como de cordero de la otra bestia, y con su locuela de dragón. Entonces dispondrá libremente en este mismo templo de lo más sagrado, de lo más venerable, de lo más divino. Entonces se verá que hiciese guerra a los santos, y que los venciese. Entonces en suma, se verá hecho dueño y señor de la casa y templo de Dios, que sois vosotros, mostrándose dentro de este templo, en su conducta, en sus operaciones, en su despotismo, como si fuese Dios.
* Habiendo, pues, considerado las noticias que parten de este principio, y no hallando en ellas cosa alguna en que asentar el pie, ninguno puede tener a mal, que un punto de tanta importancia, en que se trata de la salvación o perdición de muchos, no solamente de los venideros, sino quizá también de los presentes, busquemos otro sistema y procuremos asentar otro principio, con el cual puedan acordarse bien, y fundarse sólidamente las noticias que nos da la Revelación; proponiéndolo en cualidad de una mera consulta al examen y juicio de los interesados.
* Según todas las señas y contraseñas que nos dan las santas Escrituras, y otras nada equívocas que nos ofrece el tiempo, que suele ser el mejor intérprete de las profecías, el Anticristo o el contra-Cristo, de que estamos tan amenazados para los tiempos inmediatos a la venida del Señor, no es otra cosa que un cuerpo moral, compuesto de innumerables individuos, diversos y distantes entre sí, pero todos unidos moralmente, y animados de un mismo espíritu, contra el Señor, y contra su Cristo. Este cuerpo moral, después que haya crecido cuanto debe crecer por la agregación de innumerables individuos; después que se vea fuerte, robusto y provisto con abundancia de todas las armas necesarias; después que se vea en estado de no temer las potencias de la tierra, por ser ya éstas sus partes principales, este cuerpo, digo, en este estado será el verdadero y único Anticristo que nos anuncian las Escrituras. Peleará este cuerpo Anticristiano con el mayor furor, y con toda suerte de armas contra el cuerpo místico de Cristo, que en aquellos tiempos se hallará sumamente debilitado, hará en él los mayores y más lamentables estragos, y si no acaba de destruirlo enteramente, no será por falta de voluntad, ni por falta de empeño, sino por falta de tiempo; pues según la promesa del Señor, aquellos días serán abreviados... Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Por tanto, se hallará nuestro Anticristo, cuando menos lo piense, en el fin y término de sus días, y en el principio del día del Señor. Se hallará con Cristo mismo que ya baja del cielo con aquella grandeza, majestad y potencia terrible y admirable con que se describe en el capítulo XIX del Apocalipsis, en San Pablo, en el Evangelio, en los Salmos, y en casi todos los Profetas, como lo veremos en su lugar.
* Lo primero que se entiende bien en un cuerpo moral, y lo primero que no se entiende de modo alguno en una persona singular es la definición del Anticristo. En toda la Biblia sagrada desde el Génesis hasta el Apocalipsis, no se halla esta palabra expresa y formal Anticristo, sino dos o tres veces en la epístola primera y segunda del Apóstol San Juan, y aquí mismo es donde se halla su definición. Si preguntamos al amado discípulo ¿qué cosa es Anticristo? nos responde por estas palabras: todo espíritu que divide a Jesús, no es de Dios, y este tal es un Anticristo, de quien habéis oído que viene; y que ahora ya está en el mundo.
* Volviendo ahora a nuestro propósito, lo que a lo menos podemos concluir legítimamente de todo lo que hemos dicho sobre la bestia del Apocalipsis, es esto: que siendo esta bestia, por confesión de casi todos los doctores, el Anticristo que esperamos; que anunciándose por esta metáfora terrible y admirable, tantas cosas, tan nuevas, tan grandes y tan estupendas, que deben suceder en aquellos tiempos en toda nuestra tierra; debe ser este Anticristo que esperamos, alguna otra cosa infinitamente diversa, y mayor sin comparación de lo que puede ser un hombre, individuo y singular, aunque éste se imagine y se finja un monarca universal de todo el orbe, como quien finge en su imaginación un fantasma terrible que la misma imaginación lo desvanece y aniquila. No hay duda que en estos tiempos tenebrosos se verá ya un rey, ya otro, ya muchos a un mismo tiempo en varias partes del orbe, perseguir cruelmente al pequeño cuerpo de Cristo con guerra formal y declarada; mas ni este rey, ni el otro, ni todos juntos serán otra cosa en realidad, que los cuernos de la bestia, o las armas del Anticristo; así como en un toro, por ejemplo, ni el primer cuerno, ni el otro, ni los dos juntos son el toro, sino solamente las armas con que esta bestia ferocísima acomete, hiere, mata, y hace temblar a los que la miran. Esto es carísimo, y no necesita de más explicación.
* Si esperamos ver este hombre singular, este judío, este monarca universal, este dios de todas las naciones; si esperamos ver cumplido en este hombre todo lo que se dice de la bestia, y lo que por tantas otras partes nos anuncian las Escrituras, es muy de temer que suceda todo lo que está escrito así como está escrito, y que su Anticristo no parezca, y que lo estemos esperando aun después de tenerlo en casa... sea la causa principal o la verdadera de aquel descuido tan grande en que estarán los hombres.
* Paréceme (piensen otros lo que quieran) que una de las causas de este descuido, y tal vez la mayor, o la más inmediata, será sin duda la que vamos considerando, quiero decir las falsas ideas, no menos de la venida de Cristo, que de la venida o manifestación del Anticristo, y del Anticristo mismo. De modo que se verán todas las señales, y se cumplirán todas las profecías, y su Anticristo no parecerá. Y como por otra parte se sabe y se cree, que Cristo no vendrá, sin que antes venga la apostasía, y sea manifestado el hombre de pecado... estará ya Cristo a la puerta, y el verdadero Anticristo en vísperas de acabar sus días, y los Cristianos descuidados enteramente por la falsa persuasión de que todavía hay mucho que tirar. ¿Por qué? Porque el Anticristo ha de venir primero que Cristo; y este Anticristo, este Mesías y rey de los Judíos, este monarca de todo el orbe todavía no se ve, ni aun se divisa alguna señal o vestigio de la persona en todo el círculo horizontal. Por tanto, podrá cada uno decirse a sí mismo dos o tres horas antes de la venida de Cristo: Alma, muchos bienes tienes allegados para muchísimos años; descansa, come, bebe, ten banquetes.
Cuarto tema:
SU TORMENTOSA VISIÓN DEL FUTURO DE LA IGLESIA
* El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad.
* Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero. Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro. ¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano? ¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio?
* ¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos? Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad. ¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los Arrianos? ¿No se admiró de verse Arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo: lamentándose el mundo todo se admiró al reconocerse Arriano? ¿Y de dónde le vino todo este mal, sino del sacerdocio?
* ¿No ha gemido en todos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio, sostenidos por él obstinadamente? Y ¿qué diremos de nuestros tiempos? Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos. ¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
* Persecuciones de la potencia secular las padeció la Iglesia de Cristo terribilísimas, y casi continuas, por espacio de 300 años, y con todo eso se salvaron tantos, que se cuentan no a centenares ni a millares, sino a millones. Lejos de ser aquellos tiempos de persecución peligrosos para la Iglesia, fueron por el contrario los más a propósito, los más conducentes, los más útiles para que la misma Iglesia creciese, se arraigase, se fortificase y dilatase por toda la tierra. No fue necesario ni conveniente abreviar aquellos días por temor de que pereciese toda carne; antes fue convenientísimo dilatarlos para conseguir el efecto contrario. Así los dilató el Señor muy cerca de tres siglos, muy cierto y seguro de que por esta parte nada había que temer; mas en la persecución o tribulación horrible de que vamos hablando, se nos anuncia claramente por boca de la misma verdad, que deberá suceder todo lo contrario: Porque habrá entonces grande tribulación, cual izo fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.
* No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.
* Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos sea el únicamente figurado en la terrible bestia de dos cuernos, reparad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más. Dice San Juan, que vio esta bestia salir o levantarse de la tierra; que tenía dos cuernos como de cordero; pero que su voz o modo de hablar era no de cordero sencillo e inocente, sino de un maligno y astuto dragón; dice más que con esta apariencia de cordero manso y pacífico, y con la realidad de dragón, persuadió a todos los habitadores de la tierra, que adorasen o se rindiesen y tomasen partido por la primera bestia; que para este fin hizo grandes señales o milagros, todos aparentes y fingidos, con los cuales, y al mismo tiempo con su voz de dragón, o con sus palabras seductivas, engañó a toda la tierra; que obligó en fin a todos los habitadores de la tierra a traer públicamente en la frente o en la mano el carácter de la primera bestia, so pena de no poder comprar ni vender, etc. Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se pensare, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos? Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta) convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.
* Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble? Si en la Escritura Santa hubiese sobre esto alguna revelación expresa y clara, yo cautivaría mi entendimiento en obsequio de la fe; mas no habiendo tal revelación; antes repugnando esta noticia todas las ideas que nos da la misma Escritura, parece preciso tomar otro partido. Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.
* No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos persuadirá a los fieles que adoren a la primera bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de donde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia... Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos. Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera. Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio. Todo esto parece que suena aquella expresión metafórica de que usa el apóstol, diciendo: que vio a esta bestia salir o levantarse de la tierra.
* Añade, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.
* Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica (prosigue el amado discípulo), esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: hablaba como el dragón. Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo. Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad. Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga. Aplíquese la semejanza.
* Esta bestia que acabamos de observar, persuadirá a los hombres, dice San Juan, que lleven en la mano o en la frente el carácter de la primera bestia, o su nombre, o el número de su nombre, so pena de no poder comprar ni vender, que es lo mismo que decir, so pena de muerte. El mismo apóstol, para dar alguna luz o alguna esperanza de entender toda esta metáfora, la cual evidentemente no convenía que se entendiese antes de tiempo, concluye todo el capítulo con estas palabras enigmáticas. Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia, calcule el número de la bestia. Porque es número de hombre; y el número de ella seiscientos sesenta y seis.
* Y apareció en el cielo una grande señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir.
* Cuando decimos, u oímos decir, que la verdadera Iglesia cristiana pare verdaderos hijos de Dios, lo que únicamente entendemos por esta locución figurada es que la Iglesia activa, que es en propiedad nuestra madre, habiendo admitido benignamente, y recibido dentro de su espaciosísimo seno algunos infieles, que piden este beneficio, los instruye primero plenamente en los misterios que deben creer, y en las leyes que deben observar. Todo el tiempo que dura esta instrucción, se dice con propiedad, que están éstos como en el vientre de la madre; la cual, como dice San Agustín, cría a sus hijos con oportunos alimentos, y los lleva alegre en su mente, hasta que llega el momento de darlos a luz. Este día de parto no es otro que el día del bautismo, después del cual, la misma iglesia los reconoce por hijos suyos, como que ya son hijos de Dios por la regeneración en espíritu, etc.
* Si la mujer vestida del sol es la Iglesia en los tiempos del Anticristo, lo que se anuncia por aquellas palabras: Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir, es esto solamente: que la Iglesia en aquellos tiempos tendrá grandes embarazos, dificultades y contradicciones para instruir...
* Para la mejor inteligencia de estos misterios, como también de todo el Apocalipsis, importaría mucho traer a la memoria lo que ya hemos notado en varias ocasiones. Primero: que el libro divino del Apocalipsis es una profecía admirable, enderezada toda a la segunda venida del Mesías. Segundo: que esta admirable profecía es toda, o casi toda, una continuada alusión a toda la Escritura, o como un extracto o análisis de la misma Escritura. Se ven principalmente estas alusiones a todo cuanto hay en ella de más singular, de más grande, de más interesante en el asunto gravísimo de la venida del Hombre Dios en gloria y majestad; comprendiendo en este asunto gravísimo, así las cosas más notables que han de preceder a esta venida, como las que la han de acompañar, como también todas sus consecuencias. El Apocalipsis, señor mío, no es tan oscuro, si se quiere atender a sus vivas y casi continuas alusiones...
* En muchísimas partes de sus Epístolas (San Pablo) se observa esta contemplación, o esta bondad y ternura de madre con que trata a los nuevos cristianos. Aunque siempre les dice la verdad, aunque nada les oculta de lo que les importa saber; mas algunas verdades, cuya noticia clara e individual no les era tan necesaria por entonces, se las dice con grande economía, mostrándoles claramente lo necesario, y como ocultándoles de algún modo lo menos necesario que pudiera ocasionar alguna turbación. Así se ve que muchas veces corta la cláusula, dejándola casi sin sentido, por no explicarlo todo, o porque no se entendiese todo fuera de tiempo.
* ¿Qué les importaba a los Cristianos del primer siglo el saber con ideas claras lo que había de suceder en el mundo, verbi gratia dos mil años después? Pero importaba infinito que todo esto quedase escrito, aunque con algún disfraz, para que sirviese cuando fuera necesario, cuando el tiempo y los sucesos mismos empezasen a abrir el sentido, y a alumbrar en la oscuridad: como... una antorcha que luce en un lugar tenebroso.